Cómo las olas de la historia transforman los organismos

José Bernardo

En los últimos años se ha vuelto habitual hablar de la innovación como una competencia. Las organizaciones crean departamentos de innovación, contratan especialistas, desarrollan metodologías y procuran construir una cultura innovadora. No cuestiono la utilidad de estos esfuerzos. Cuestiono únicamente uno de sus presupuestos: la idea de que la innovación nace principalmente de la intención humana. Después de muchos años observando iglesias, movimientos misioneros y organizaciones cristianas, tengo la impresión de que los grandes cambios de la historia rara vez comenzaron porque alguien decidió innovar. Comenzaron cuando los organismos dejaron de poder seguir siendo exactamente lo que eran. Quizá la innovación no sea más que el nombre que damos a las grandes olas del cambio después de que hayan roto sobre la orilla de la historia.

Las olas ofrecen una metáfora sugerente para pensar este proceso. Ninguna ola nace por sí sola. Depende de vientos persistentes que transfieren energía a la superficie del mar. Durante un tiempo, casi nada parece suceder. Pequeñas oscilaciones aparecen y desaparecen sin llamar la atención. Poco a poco, sin embargo, la energía se va acumulando y distribuyendo mediante movimientos circulares que aumentan en intensidad y alcance. La ola avanza, cobra forma, rompe y, finalmente, disipa su energía sobre la costa, devolviendo al mar una apariencia de calma. El océano, sin embargo, ya no es exactamente el mismo. Simplemente espera el siguiente viento.

La iglesia, como organismo, parece responder de manera semejante. No existe aislada. Vive dentro de un ecosistema compuesto por personas, culturas, generaciones, economías, tecnologías y estructuras sociales. Responde continuamente a las presiones de ese entorno y, al mismo tiempo, también lo influye. El cambio, por tanto, no nace únicamente de las decisiones de los líderes ni de la creatividad de los innovadores, sino de la interacción permanente entre el organismo y el ecosistema en el que Dios lo ha situado soberanamente. Es en esa interacción donde los grandes cambios históricos comienzan a tomar forma.

El primer movimiento de esta dinámica es la perturbación. Mientras los vientos sean pasajeros, ocurre muy poco. Cuando se vuelven persistentes, rompen el equilibrio del organismo. La estabilidad deja de responder adecuadamente a las nuevas circunstancias y aquello que parecía suficiente comienza a ser cuestionado. El cambio todavía no existe, pero el malestar ya está presente. Y, con frecuencia, ese malestar es la primera señal de que una nueva ola ha comenzado a formarse.

A continuación llega la amplificación. La resistencia inicial no impide el cambio; pasa a formar parte de él. Argumentos a favor y en contra, entusiasmo y prudencia, tradición y novedad inician un largo proceso de transferencia de energía. Los pequeños impulsos rara vez producen transformaciones profundas. Es la persistencia de los vientos, unida a la continuidad de este diálogo, la que amplifica el movimiento hasta hacerlo perceptible para todo el organismo.

Después comienza la propagación. Los debates dejan de ser locales. Las ideas circulan, las preguntas maduran, las objeciones exigen respuestas más sólidas y las nuevas convicciones encuentran nuevas resistencias. Este movimiento no es lineal, sino orbital. Cada postura fortalece a su oposición, y cada oposición obliga a la postura inicial a hacerse más clara. La contradicción no constituye un obstáculo, sino un elemento integrante de la energía que impulsa el cambio.

En este proceso nadie ocupa una posición neutral. Conservadores e innovadores, dirigentes y dirigidos, entusiastas y críticos participan del mismo movimiento. Cada uno aporta su historia, sus convicciones, su temperamento y su manera de percibir la realidad. Unos preservan; otros experimentan. Unos desaceleran; otros aceleran. Ninguno conduce por sí solo el curso de la historia. Todos, sin embargo, participan en ella. El cambio no pertenece a los innovadores. Pertenece al organismo.

Llega entonces el momento de la ruptura. Después de haber acumulado energía durante mucho tiempo, el cambio se vuelve inevitable. No porque todos hayan alcanzado un acuerdo, sino porque el organismo ya no puede seguir siendo lo que era. La pregunta deja de ser si el cambio ocurrirá y pasa a ser cómo será vivido. Es en ese momento cuando solemos llamar innovación a aquello que, en realidad, llevaba mucho tiempo gestándose.

Finalmente llega la disipación. La energía se distribuye por todo el organismo. Las estructuras se reorganizan, se alcanza un nuevo equilibrio y aquello que antes parecía revolucionario pasa a formar parte de la normalidad. La espuma sobre la orilla no es más que el vestigio visible de una ola que ya ha pasado. Conserva la memoria de la transformación, pero no su energía. El organismo vuelve a parecer estable, aunque haya sido profundamente transformado y espere, consciente o inconscientemente, los próximos vientos.

Las misiones modernas ilustran bien este proceso. Durante siglos, la iglesia vivió relativamente tranquila respecto a su comprensión de la misión. Entonces comenzaron a soplar los vientos. Los grandes viajes oceánicos, la expansión del comercio, el creciente contacto entre los pueblos y profundas transformaciones culturales modificaron el entorno en el que vivía la iglesia. Llegaron los debates, las resistencias, los conflictos y las convicciones. Durante décadas, posturas y oposiciones intercambiaron energía hasta que la pregunta dejó de ser «¿debemos hacer misiones?» para convertirse en «¿cómo debemos hacer misiones?». La ola había roto. Hoy, las agencias misioneras, los congresos, los seminarios y las estructuras de envío parecen formar parte natural de la vida de la iglesia. Son la espuma dejada por una ola histórica que un día transformó profundamente el paisaje.

Esta perspectiva también modifica mi manera de entender el liderazgo. Un buen líder no es quien imagina que puede controlar los vientos de la historia, sino quien aprende a discernirlos. En lugar de gastar sus fuerzas intentando eliminar toda tensión o silenciar la discrepancia, comprende que los organismos maduran precisamente mediante ese movimiento relacional. Su responsabilidad no consiste en producir el cambio, sino en participar sabiamente en él, elevando la calidad del diálogo, fortaleciendo las convicciones y ayudando al organismo a atravesar periodos de inestabilidad sin perder su identidad.

Esta visión también nos devuelve a la humildad. Ni la iglesia ni el mundo existen al margen de la providencia de Dios. El ecosistema en el que vive la iglesia, con todas sus presiones, oportunidades y conflictos, permanece bajo el gobierno de Aquel que dirige la historia. Los vientos no escapan a su soberanía, aunque con frecuencia escapen a nuestra comprensión. Quizá por eso deberíamos preocuparnos menos por fabricar innovación y más por aprender a discernir los vientos del cambio. Son precisamente esos vientos los que producirán perturbación y malestar, desencadenarán la contradicción y alimentarán posiciones y oposiciones, hasta que un movimiento imparable conduzca al organismo hacia una nueva realidad.

No controlamos dónde romperá la próxima ola. Tampoco somos simples espectadores. Participamos en este movimiento cada vez que pensamos, argumentamos, resistimos, proponemos, enseñamos y escuchamos. Nuestra responsabilidad no consiste en dominar la historia, sino en servir fielmente al organismo del que formamos parte, conscientes de que Dios sigue gobernando los vientos mientras nosotros aprendemos, poco a poco, a navegar bajo ellos.

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José Bernardo

Fundador e presidente da missão AMME

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